domingo, 2 de octubre de 2016

Bowie & Me



Tenía 17 años cuando compré el primer disco de Bowie, “Scary Monster”. Era 1982 y el disco llevaba ya dos años sonando bastante, sobretodo el tema “Ashes to Ashes”. Compraba desde 1981 una revista llamada Rock Espezial en donde se hablaba de Bowie con mucho respeto. Los Nuevos Románticos estaban en pleno apogeo y compraba también todos los discos de ese movimiento que podía. Me encantaban Spandau Ballet, Duran Duran, Classix Nouveaux y, sobretodo, Visage y Ultravox. Esos grupos venían mucho a España, donde vendían mucho, y era habitual verles en los programas musicales de la televisión. También concedían muchas entrevistas en la prensa musical. Y Bowie para todos sin excepción era el maestro. 

Por aquel entonces las discotecas abrían los domingos por las mañanas. Y todos los domingos iba a bailar Tecno-pop. Los Nuevos Románticos habían hecho que cambiara incluso la manera de vestir y peinarme. Me dejé un gran flequillo que llegaba hasta la nariz, exactamente igual que David Sylvian o Bowie. Encontrarse con esa nueva música en las discotecas fue una revolución. Sustituyeron por fin a la música disco, tan denostada. Nunca fui fan de la música disco, a pesar de que ahora la oiga con una cierta simpatía. Pero bailar Tecno-pop era algo completamente diferente. Conllevaba hasta vestirse diferente. Salir con el pelo teñido y con ropa New Romantic era algo muy atrevido. A menudo nos insultaban por la calle. Eso en el fondo nos encantaba porque nos volvía locos llamar la atención. Al fin  al cabo, el movimiento New Romantic tenía mucho de provocador. 

En mayo del año 1983 compré el recién editado disco Let’s Dance. Me costó bastante caro, 1100 pesetas. Bowie sorprendió al mundo con ese disco, ya que era su disco más comercial. Casi todas sus canciones se convirtieron en éxito en las discotecas. Sin embargo el éxito hizo perder a Bowie algo de credibilidad. 

Lo más interesante de Bowie era su imagen y lo que decía. Compré un libro llamado “Bowie visto por sí mismo” que contenía muchas entrevistas. Sus declaraciones eran explosivas cuando hablaba de sexo o de política.  Qué importante es para un adolescente tener ídolos. Eso te hace sentir menos solo en este mundo. Por muy mal que me fuera, yo siempre tenía a Bowie. Poco a poco fui comprando toda su discografía. 

Por aquel entonces le vi por vez primera en el cine, ya que estrenó dos de sus mejores películas, El Ansia y Feliz Navidad Mr. Lawrence. Quedé absolutamente fascinado con su personaje de vampiro que envejece rápidamente.  También salía en la película Yo Cristina F. que fue un éxito. 

Su siguiente disco “Tonight” fue una decepción, a pesar de contener una buena canción, Loving the alien. La etapa berlinesa era mi preferida, especialmente el disco “Low”, que siempre ha sido mi favorito. La cara B del disco, instrumental, era perfecta para sobrellevar las depresiones adolescentes. 

En 1986 estaba haciendo el servicio militar y recuerdo oír  mucho la canción Absolute Beginners. Es una canción absolutamente melancólica y preciosa. Por aquella época sus discos de películas eran los que más me gustaban. 

Al año siguiente editó otro desastroso disco llamado Never Let Me Down pero esta vez sí anunció conciertos en España. Bowie invirtió mucho en ese disco y en esa gira y seguramente quiso repetir el éxito de Let’s Dance pero tanto el disco como la gira tuvieron muy malas críticas. Sin embargo yo le estoy muy agradecido a ese disco porque pude verle en directo por primera vez. Me hice con una entrada, que costaba 3000 pesetas. 


Fue mi primer viaje a Madrid. El concierto fue en el Estadio Vicente Calderón. Había más de 40.000 personas. La gira se llamaba The Glass Spider Tour. No me pude poner por los primeros puestos como me gusta. El escenario lo presidía una enorme araña. Y de sus entrañas salió Bowie, recitando el tema con su característica voz. Fue un momento memorable. El duque tenía ya 40 años y anunció la gira con la trampa de que se iba a retirar de los escenarios para dedicarse por completo al cine. Una de sus muchas “mentiras” que los fans nunca terminamos de creer. A pesar de que el show estaba basado en su nuevo disco, interpretó muchos de sus éxitos, como Heroes. 

Tan solo tres años después Bowie anunció una nueva gira mundial en la que interpretaría todos sus éxitos por última vez. Una nueva mentira, claro. Esta vez fue en Barcelona, en el Estadio Olímpico de Montjuic. Me gustó mucho esa actuación. Bowie estaba muy elegante con su camisa de chorreras y fue especialmente emotivo verle interpretar todos sus grandes temas.

Entrados en los años noventa, Bowie volvió a hacerse moderno nuevamente. Volvió a ser el hombre vanguardista de los 70, quizá con excesivos amaneramientos, pero por fin parecía que el Duque volvía  a tomar el control. El gran cambio lo dio en 1995 con la edición de su disco “Outside”. En 1997, ya cumplidos los 50, editó “Earthling” y volvió de gira. Esta vez se acercó hasta San Sebastian. Fue el mejor concierto que he visto de él. Por fin pude ponerme por las primeras filas. Y el momento en que el Duque salió a escena, simplemente con una guitarra interpretando Quicksand fue maravilloso. Estaba guapísimo y muy simpático. Sin embargo, no hubo mucho público. El concierto fue muy potente ya que por aquella época Bowie lo interpretaba todo a ritmo industrial y electrónico. 
Aquel fue el último concierto que pude ver.
La entrada fallida. Es fea hasta en el diseño.

  En el año 2004 hizo su última gira. Compré la entrada para verle en Bilbao en la Plaza de Toros, algo que me incomodaba mucho. Sin embargo la gira se suspendió ya que sufrió un ataque al corazón que lo alejó por siempre de los escenarios. A partir de entonces la rumorología fue lo habitual. El 8 de enero de 2013 mientras desayunaba y observaba las noticias en el Ipad contemplé atónito un nuevo vídeo y canción. No me lo podía creer. Bowie cogió al mundo por sorpresa. Al poco tiempo editó un disco, bastante aceptable. Pero verle en los escenarios de nuevo parece bastante improbable. 

En el brazo izquierdo me tatué su rayo de Aladine Sane.  Es un homenaje al ídolo que me ha acompañado día tras día desde mi adolescencia. A día de hoy, sigo guardando todas las fotografías que encuentro de él en Internet. Nunca me canso de ser un fan entregado. En agosto del año 2014 vi su famosa exposición “David Bowie is…” en Berlín. La exposición era el sueño de todo fan. Había desde letras manuscritas, portadas de discos, instrumentos y, sobretodo, sus famosos vestidos. Me gustó mucho ver la exposición en la ciudad más mítica e interesante de Bowie. 

Durante todo el año 2015 ya se sabía que Bowie tenía un álbum grabado. A finales de año se publicaron los dos vídeos en los que se veía a un Bowie apocalíptico, lanzando mensajes mortuorios. Una noche me encontraba viendo el vídeo Lazarus y lo paré. Me levanté del sofá y me pregunté “¿qué te ocurre David?” Hice una crítica a su nuevo disco, que me decepcionó algo. Me resultaba insuficiente. Algo no me encajaba. Tuve el presentimiento. El 11 de enero de 2016 me quedé paralizado al saber de su fallecimiento. Bowie sorprendió al mundo una vez más. 


Vivir sin Bowie es extraño cuando toda tu vida, cada día de tu vida, has vivido con él. Yo siempre he sabido que Bowie estaba. Y, de repente, ya no estaba. Muchas noches me derrumbaba al imaginarme un mundo sin él. De forma paralela, la prensa, las redes sociales y todos los medios comenzaron una vorágine de noticias sobre Bowie. Todo aquello que había formado parte de mi vida comenzó a publicarse. Homenajes de artistas que no me interesan, gente que ponía fotos de Bowie sin saber casi quién era unos días antes… todo me abrumaba. Dejé de escucharle. Reuní todo el material del que dispongo y lo puse a modo de altar. Para venerarlo. Pero sin escucharlo. No se el tiempo que tardaré en poder hacerlo. Aunque estoy convencido de que Bowie aún guarda algún secreto. El fan vive siempre con esa esperanza.